En aquella casa colombiana, bajo soles inclementes, anidaba el futuro. Con sus abuelos vivió hasta los 8 años. Su último recuerdo fue la hoguera donde, tras la muerte del coronel, quemaron sus ropas, entre ellas los liquiliques de guerra, como ese que él mismo lució en Estocolmo en la entrega del Premio Nobel de Literatura en 1982. Tenía 55 años. Aquella pérdida del hombre que lo crió en esa casa invadida de mujeres lo acompañó siempre, y dijo: “Hoy lo veo claro: algo mío había muerto con él. Pero también creo, sin duda alguna, que en ese momento era ya un escritor de escuela primaria al que solo le faltaba aprender a escribir”.
Otros demonios en su adolescencia y juventud fueron Kafka, Woolf, Sherezade, la Biblia...En el primer tomo de sus memorias,Vivir para contarla, el maestro de cuentos y novelas inolvidables y artículos periodísticos ejemplares cuenta que le costó mucho aprender a escribir. Al final creó un mundo donde, como dice Mario Vargas Llosa, enHistoria de un deicidio, “esta voluntad unificadora es la de edificar una realidad cerrada, un mundo autónomo, cuyas constantes proceden esencialmente del mundo de infancia. Su niñez, su familia, Aracataca constituyen el núcleo de experiencias más decisivo para su vocación: estos demonios han sido su fuente primordial”.
El lenguaje de toda su obra parece estar hecho “para contar historias, para cambiar el mundo aterrador, para sumergir al hombre sin que se dé cuenta en los valles confortables del sueño. Como si de un gran caleidoscopio se tratase que mostrara la realidad de los trozos de colores, pero ordenados en vistosos encajes, mágicos, cambiantes, multiplicados por los engañosos espejos”, explicó Ricardo Escavy Zamora, de la Universidad de Murcia, en el congreso Quinientos Años de Soledad, celebrado en 1992.
Escribir bien para García Márquez “no es una exhibición de dotes estilísticas; es añadir la noción épica del idioma a las épicas existentes”, decía Carlos Monsiváis. Eso lo llevó a la exploración y conquista de nuevos territorios literarios que, en palabras de Carlos Fuentes, “no sólo reunía en un haz las grandes tradiciones de la literatura hispanoamericana —mito de fundación, épica de destrucción, historia de recreación—, sino que, magistralmente, generosamente, demostraba la compatibilidad de los géneros de una época de sequía literaria determinada por la dictadura del nouveau roman francés, empeñado en convertir la literatura en desierto”.
A García Márquez le encantaba escribir, por eso no entendía que alguien dijera que la literatura era un sufrimiento. “Otra cosa”, confesaba, “es lograr que el lector me crea. Esa sí es una desesperación hasta que se calienta el brazo y todo sale, y se mezcla, y empieza en fin, a tomar forma. Pero el lector tiene que creer siempre, si no todo ha fracasado”.
Lo intentó desde su colegio de la fría Zipaquirá en los Andes colombianos. Y se lanzó al gran público un domingo de septiembre de 1947 cuando el diario bogotano El Espectador le publicó su cuento La tercera resignación. Luego llegó el periodismo en todos sus géneros, mientras en los ratos libres hacía literatura. De allí y de esa lección salieron sus relatos de Ojos de perro azul o Los funerales de la Mamá Grande, o novelas como El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o Del amor y otros demonios.
Aunque reconoció que lo que más le interesaba del trabajo de escritor era la concepción de la historia, y lo que más le aburría era escribirla. Pero una vez delante de la hoja en blanco era un conquistador. La progresión de una obra, afirmaba, “consiste justamente en continuar excavando dentro de uno para ver dónde se llega, dónde se encuentra el botón que se busca y que es el misterio de la muerte. El de la vida, ya se sabe, no se descifrará jamás”. Bajo esa premisa empezó a escribir frases como: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que...”.
“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados...”.